lunes 9 de mayo de 2011

Con el Tiempo


En tiempos de Internet, casi nada parece escapar a su universo. Así, curiosidad mediante, escribí en un buscador "Con el tiempo aprendí a aceptarme" (*) y, claro, tan eficaz como si le hubiese preguntado sobre el clima en el Estrecho de Bering, la vida de Miguel Ángel o los reactores de Fukushima, entregó frases y más frases, de acceso hacia autores y libros, similares o iguales a la propuesta. Por ejemplo:

Con el tiempo aprendí a aceptar mi situación. ¿Y qué? Incluso puede que me gustara algo...

Con el tiempo aprendí... Y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos...


Con el tiempo aprendí que lleva años construir la confianza y sólo segundos destruirla. Aceptar que incluso las personas que amas alguna vez te pueden herir...

Con el tiempo aprendí a aceptar a los demás con todas sus rarezas, caprichos y aberraciones...

Y con el tiempo aprendí a reírme más...

Con el tiempo aprendí a aceptar que el mundo viene fallado... y uno también.

Con el tiempo aprendí a olvidarte.

¡Todo bien con Internet! ¡Ya basta! Pero, ¿hacía falta que por la última frase aparecieras tú, que con el tiempo aprendí a olvidarte?


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En realidad, no aprendí nada.
En esto de olvidarte,
el tiempo no te enseña nada.
Los minutos, los segundos te maltratan.

Para entenderme un poco, quizá,
con el tiempo aprendí a aceptarme
en un juego absurdo de olvidarte,
de olvidarte todo el tiempo.


Jorge B. Hoyos Ty.
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ainda@netverk.com.ar

(*) Consigna de creatividad, 31/03/11, en "Café Literario Torre Mora"

domingo 2 de enero de 2011

¿Lo sabes?

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La mujer que cruzas en la calle,

La chica que te sirve en un bar,

Una vecina que va o viene,

Esa compañera de Facultad…

-

Pueden ser muy hermosas, y tanto

Que no lo sepas, por cotidiano.

No las miras en la televisión,

No en el cine o en revistas.

Sin embargo, ellas mismas, allí,

-

-
Te deslumbrarían,
-

-

Te harían soñar.

-
-
Jorge B. Hoyos Ty. ----
ainda@netverk.com.ar

lunes 2 de marzo de 2009

Cuentos de Lima

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UN CLARO EN EL CERCO
-
-
Gina

(Nota: clic en cada imagen para verla más grande)

Un viaje desde Gonnet-Argentina hasta Lima-Perú con el persistente recuerdo de una hermosa vecina de ojos verdes - A voyage from Gonnet-Argentina to Lima-Peru with the persistent memory of a beautiful girl of green eyes.

- Decime vos, ¿qué hiciste?
- ¿Qué hice? Y, salí veinte veces, pero ella no volvió.
- No volvió, ¿dónde?
- Mirá, el cerco de ligustro de mi casa tiene un claro, a través del que la encontré esa mañana. La saludé, me dio bola, nos pusimos a conversar. Yo estaba embobado. Porque, no sabés, es una belleza, un encanto, me deslumbra, me derrite, me ... "me", lo que quieras. Qué tonto, sí. Porque no razono más, no armo nada, me desarmo. La miro, me encanta, me deleito, y hablo, y ella habla, pero la estoy mirando, y la sigo mirando, y la miro, y el pelo bailotea sobre su rostro, y ella se lo acomoda, se lo pone para acá y para allá, se lo arregla, y yo la miro, la miro. ¡Qué boludo! Qué hago yo detrás de un alambrado, conversando, diciéndole pavadas a una Diosa, sí, una Diosa que me fascina, que ...
- ¡Bueno, pará! ¡Qué embalado que estás! Quisiste sacarle una foto; ella dijo sí, entró a su casa y no volvió. Se habrá demorado arreglándose; las mujeres, vos sabés. Pero vos, ¿por qué te fuiste?
- Tenía que terminar de cerrar mi valija y salir disparado para Ezeiza.
- ¿A dónde fuiste?
- A Lima, en un vuelo con escala en Santiago de Chile.
- ¡Qué bueno! Y se te habrá pasado el embale, ¡qué suerte!
- No, no, todo lo contrario.
- ¿Todo lo contrario?
- Bueno, sí, con eso de presentarse al mostrador de la compañía, con poco tiempo, que todo está bien, por suerte, y subís hacia las salas de embarque. Cuando estás en esa escalera mecánica, recién allí sentís, yo por lo menos, que todo salió bien, que ya estás viajando.
- ¿Y ...? Dijiste "todo lo contrario".
- Es que, durante todo el trayecto Gonnet-Ezeiza esos ojos, esos labios, me acompañaron, no se desprendieron de mi mente. "Soy un tarado, me decía, por qué no me dejo de embromar con mi vecina, ¿qué me estoy inventando yo? ... Ella, seguramente, es amable, es simpática, así es ella y ¡ya está!". Pero no, esos ojos, esos labios allí estaban, en mis narices.
- La tensión previa a un viaje ... pero, después de esa escalera mecánica volviste a ser una persona normal.
- Sí, claro que sí. Entré al Free Shop, miré todo lo que había, calculé qué podía comprar a la vuelta, vi un par de lindas mujeres, me entretuve, sí; y anunciaron mi vuelo por los parlantes, la cola, la manga, "¿su asiento, señor?, ... sí, por ese pasillo, buen viaje".
- Y te sirvieron una buena cena, te dormiste, Santiago, "estamos aterrizando en el aeropuerto de Santiago de Chile", y listo, che, ¡qué más!
- ¿Qué más? ¡Sí, que hay más!
- ¿Qué?
- ¡La azafata!
- ¿Qué pasó con la azafata?
- ¡Era ella!
- ¿Quién, ella?
- ¡Mi vecina!
- ¡Tu ... No, pará!
- Sí. Mejor dicho, igualita, igualita.
- ¡No me cargués! ¿Qué hiciste?
- ¿Qué? ¿Qué iba a hacer? Me quedé embobado, otra vez idiotizado, no lo podía creer ... "¿Va a cenar, señor? Sí, claro que sí ..." Pero ella, nada, yo era uno más.
- ¿Y, qué esperabas? Una azafata haciendo su trabajo; una azafata sólo transformada por tu imaginación.
- No, no, te juro ..., ¡era ella!
- Bueno, bueno, parecida, igual, pero no ella.
- Está bien, sí ... Cuando terminó la cena, cuando las azafatas se ven más distendidas, ofreciendo bebidas y venta de regalos, tipo "Free Shop", pensé que tenía que inventar algo, algo para hablarle, por lo menos; mirarla a los ojos, escuchar su voz, ver mover sus labios.
- ¿Se te prendió la lamparita?
- Muy tenue. Pasó y le pregunté si la hora en Santiago era igual que en Buenos Aires, mirá que estupidez. Ella fue indulgente; con la mayor simpatía respondió "sí". "¿Cómo es tu nombre?", dije, sin más trámite ... Ella sonrió, más indulgente aún, igual que ella, ella igual a ella, sí ... "Maribel", dijo. Y yo tuve un segundo de cordura, pensé que quizá no se parecía, que quizá yo la estaba inventando ... y ella no supo, por un instante, si dejarme o ... Yo atiné a preguntarle si después de Santiago seguía a Lima. Me dijo que no, que le correspondía otro vuelo, hacia Miami y Nueva York. Entonces, recordé que tengo una amiga por allá: "¿Nueva York? ¿me harías un favor?", le pregunté. Le di mi tarjeta, anotándole un número telefónico: "Es de Long Island, llamás a Pilar, y le decís que le mando saludos" ¡Me miró como al bicho más raro de todos los aviones, de todos sus vuelos! "Sí, sí -le dije- nada más que eso, se alegrará mucho y yo me voy a enterar a los diez minutos en Lima". "Entonces, llámala tú desde Lima, ¿no es más fácil?", respondió como una centella, en su tonito chileno, ¡en el límite de matarse de risa o mandarme al diablo! "No, no -dije yo, azorado- es la sorpresa, lo insólito ... y, por favor, dale tu dirección, ella me la pasará, y yo ..." Allí, el despropósito colmó su medida. Yo la había estado mirando y mirando, todo el tiempo; de alguna manera, era como no dejar que se fuera ... Pero ella sonrió, muy profesionalmente, ahora, y se fue.
- ¿Y vos?
- ¿Y yo? ... Yo no la vi más, bueno, pasé al lado de ella al salir hacia la manga; me saludó como lo hacía con todos los pasajeros, y yo mirándola, ¡qué ojos! ¡qué labios!
- Imagino que terminaron tus delirios.
- Sí, por suerte.
- Menos mal ... ya me esperaba otra azafata.
- No, no ... pero sí.
- ¿Y eso?- Quiero decir ... el tramo Santiago-Lima, cambio de avión mediante, fue normal, sin ninguna vecina a bordo. Me dormí. Sí, me olvidé. ¿Querés creer? Ni bola le di a mi vecina.
- No te creo. Soñaste con ella.
- Bueno, sí, boludeces.
- ¿Cómo "boludeces"?
- ¡Sólo para mayores de dieciocho años!
- Bueno, yo ...
- Sólo sueños, ¡nada que ver!
- ¿Y? ... Creo que dijiste "pero sí"
- Mirá, yo concurrí a la Feria Internacional del Pacífico, en Lima. En la tercera vez, apareció ella ...
- ¿Otra vez? ¡No!
- ¡Si, sí!
- ¡Maribel?
- No ... Se llamaba Gina.
- ¿Gina?
- Claro que sí. Sus padres son italianos, ella es una belleza tipo del norte de la Península, rubia, elegante y sensual.
- Gina.
- No, mi vecina; bueno, Gina también.
- ¿Y? ¿Pasó algo?
- ¡Ni cinco de bola!
- ¡Qué bajón!
- Insistí, fui dos veces más. El último día, el cierre de la Feria, conseguí su teléfono.
- ¿Qué quiere decir "conseguí"?
- Me lo dio una amiga de ella, otra azafata en ese stand, condolida y matándose de la risa.
- ¡Grande, ella! "Confraternidad latinoamericana", digamos.
- La llamé varias veces. Que no estaba, que acababa de salir. Hasta que un día la pesqué. Me invitó a la casa. Llegué de noche. Un barrio residencial muy tranquilo, las casas muy lindas, y siempre los muros en lugar de cercos ...
- ¡Sabés, cuánto pueden interesarme los muros!
- Bueno, conocí a media familia; me sentí "haciendo el novio". Insistí en llevarla a bailar. Aceptó, pero llamó a una prima y su "enamorado". Salimos, bailamos, nos divertimos mucho, resultaron simpatiquísimos, lo pasé bárbaro ... ¡hasta le robé un beso!
- ¿Y, después? ¡Me imagino! ¡No entremos en detalles! ¡O sí, dale, dale!
- No, no, nada más.
- ¡No me digás!
- Te digo, sí ... pero, a esas alturas de mi delirio, me pareció bastante, ¡como tocar el cielo!
- ¿Sí? ¡No tenés cura, hermano!
- ¡Ahora sé cómo besan esos labios!
- "La limeña cuando besa ..."
- "La española", dirás.
- ¡Gina era, es limeña!
- Bueno, sí, no ... ¡los labios de mi vecina!
- Está bien, está bien pero, ¿hace cuánto que volviste?
- Dos días.
- Y bien, ya la habrás visto, ya se lo habrás contado.
- No, aún no.
- Pero lo primero que habrás hecho al regresar habrá sido ir al claro del cerco.
- Sí, sí. Pero no hay nadie del otro lado.
- ¿Cómo?
- Se han ido de vacaciones; por un mes, supongo.
- ¡Flaco! ¡Te vas a consumir en un mes! ¡Qué quedará de vos en tanto tiempo!
- ¡Ni lo pienses!
- ¿Después de todo lo que me contaste?
- Mirá esto.
- ¿Un pasaje?
- ¡Me voy a la playa donde sé que está ella!

Jorge B. Hoyos Ty.
ainda@netverk.com.ar

LOS MUROS



"Guachimanes", cebiches y marineras ... unos días con limeños y limeñas en su ciudad amurallada por dentro - "Guachimanes, cebiches" and "marineras" ... some days with Lima's men and women in their inside wall surrounded city.

- Te veo quemadito y distendido, pero no querés contar ... Bueno. En lugar de quedarte callado, hasta aceptaría que me cuentes de los muros de Lima. El otro día, ¡mirá que mezclar los muros con toda una historia de amor!
- Los muros. Sí ...
- Dale, acepto.
- Hoy por hoy, última década del siglo XX, al caminar por cualquier avenida o calle de Lima, barrios residenciales más aún, encontrás todas las casas, protegidas con muros de 2,50 y 3 metros de altura. Ahora ya no podés saber cómo son las casas, sabés cómo son los muros. Cercos infranqueables a la vista. Casi no se utilizan rejas, algunas hay.
- ¿Feo, no?
- Bien, muros los hay de todo tipo. Pasaron a ser la identificación primera de una vivienda; así que, los hay lindos y feos. De todos modos, la única manera de ver cómo es una casa es desde la vereda de enfrente o, mejor, desde el otro lado de una plaza.
- La ciudad amurallada por dentro.
- Y también hay muros con alambre de púa, arriba, y electrificados, además.
- Parece un disparate. Digo, así, tan generalizado, pero, alguna razón habrá.
- Sí. La guerrilla y los robos. Las explosiones indiscriminadas, los asaltos y los secuestros a lo largo de años, deben haber llevado a esta moda. Situación que recién -1995- tiende a componerse.
- ¿Y los robos?
- Lima es otra Buenos Aires, en el sentido que se traga al país, "Dios está en todas partes pero atiende en Lima". Un país -el interior, digo- esquilmado, demasiada gente sin trabajo, sin horizonte; que va a Lima en oleadas y se establece por todos lados, en "villas miseria" -que les llaman "pueblos jóvenes"- e inundan y arruinan, sin remedio, las calles de la bella y vieja zona céntrica con millares y millares de puestos "ambulantes"; vendiendo frutas, zapatos, comidas, frituras, electrónicos, relojes, camisas, todo lo imaginable ... y un olor que te penetra los huesos, que se prende en tus ropas. Y también la guerrilla en las sierras, como empuje migratorio hacia Lima. Pobreza extrema, hambre: robos.
- ¿Y ya no les ponen bombas, ya no les roban más con los muros?
- ¡Bueno fuera! En la última semana de noviembre del 95, guerrilleros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), se metieron en una casa de un barrio residencial, con muro y todo. Introdujeron un arsenal, tomaron a la familia como rehén. Las fuerzas de seguridad los localizaron, comenzaron los disparos, ráfagas de ametralladora y bombazos, de noche y de madrugada. Algunos muertos. Se rindieron; pero luego de negociaciones y parlamentos, ayuda sacerdotal inclusive, para liberación de los rehenes y condiciones de rendición. Fueron saliendo los guerrilleros, uno por uno, chicos y chicas de menos de treinta años, con gestos altaneros, con exclamaciones de no rendición y de triunfo final ... por un Perú libre, y cosas por el estilo. Hasta que salió el "pez gordo", el segundo del MRTA, un hombre muy buscado. Salió, en mangas de camisa, tan tranquilo como si dejara una reunión de negocios; eso sí, gritando: "¡El MRTA no se rinde, carajo!" Y claro, despliegue televisivo total mediante, vos allí sentado en primera fila de tu platea privada, viendo una película de acción, pero de las buenas, de la vida real, ¡qué embromar! Y te podés preguntar: ¿Y para eso sirven los muros? Si cuando quieren entrar, entran donde les da la gana.
- Los guerrilleros, claro está. ¿Pero los ladrones? Hay muchos ladrones sin armas ... cada vez menos, supongo.
- Ni tan poco. Los muros no funcionan solos. Están los "guachimanes". Toda una fuente de trabajo, si querés verle un lado positivo.
- ¿Los "guachi" ... qué?
- Los sajones se meten en todos lados. Ya nadie percibe ni le interesa que es una peruanización de "watch-man". Son los que llamamos nosotros desde "serenos" hasta guardias o policía privada. Los vecinos, por vereda, por cuadra, o por lo que sea, contratan "guachimanes", que están recorriendo las aceras y las puertas -de los muros-. Miran quién entra, quién sale. Parece que son éstos los que consiguieron frenar los robos; ladrones y ladronzuelos que se metían en las casas, a toda hora y todos los días, sin el menor respeto por lo muros.
- Pero los muros, allí están.
- Allí están y estarán. Ya forman parte del paisaje urbano. Ya se adueñaron del paisaje. Y no exagero. Paseas por un barrio residencial del sur de Lima, una belleza de calles limpias, arbolitos, plazas con flores, césped cortadito ... y no ves gente por la calle, entrando o saliendo despreocupadamente de sus casas. No. Están todos detrás de sus muros, de mañana, de tarde, de noche.
- Estaba pensando, cuánto material de construcción dilapidado.
- No son sólo ladrillos. Son puertas de todo tipo, grandotas, grandes y chiquitas, para uno o más autos, para personas. Imaginate la enorme cantidad de viviendas que se podría haber construido con eso. Imaginate, si un día retorna la sensatez y tiran esos muros al diablo; sólo van a servir como escombro: ¡qué picardía!
- ¿Y detrás de los muros?
- La vida continúa, tan a la limeña como siempre. Por suerte. Con rondas de "Pisco Sour", una delicia de pisco, con clara de huevo y limón batidos ... mira, lo único comparable a un Pisco-Sour en Lima debe ser una Caipirinha en Río de Janeiro. Con banquetes de cebiche, adornados con choclos, camote (batata), lechuga, cebolla cortada finita, mucho picante ... y chicha morada. Con "causas" (pastel de papa) matizadas con carnes y ensaladas. Con frutas de todo tipo, ¡ah, las frutas!, la mayoría exóticas para nosotros: mangos, pepinos, chirimoyas, pacaes, mameyes, papayas ... y todas las convencionales; y están, aún, las variedades de plátanos (bananas): de seda, de la isla, de Guayaquil, el "manzano", el que sólo sirve para freír. Y las sandías y los melones. ¡Ah, no sabés! Y el sol se mete por las ventanas. Y la brisa del mar perfuma los rincones. Mar de los barrancos; de las playas de arena y de piedra; de Miraflores, de Magdalena; de las anchovetas y los pelícanos; de las puestas de sol cautivantes, el disco amarillo cambiando de tonos, enrojeciendo, escurriéndose majestuosamente en el horizonte azul; los reflejos dorados mudando por espejos de plata de lunas redondas, coquetas, consejeras de enamorados.
- Me hiciste anochecer ... Estaba pensando que sólo comían, los limeños.
- ¡También bailan, y cómo! Se divierten, les brota la alegría; "jaranean", así dicen ellos. Y se baila de todo, porque también hay profusión de música yanky e inglesa; pero allí están a flor de piel las tradiciones, las vibraciones ancestrales, con los valses, las polcas y los remates de fiesta con marineras y zamacuecas. No te cuento lo que puede ser bailar un vals con una limeña, que quiebra la cintura, y se contonea en una maravilla de plasticidad y seducción. ¿Y una marinera? ¡ah, no! ¡puede ser la delicia total! Aunque vos no hagas nada, medianamente lleves el ritmo y muevas tu pañuelo, ella puede girar, balancearse, zapatear (son pasos muy delicados que les agita todo el cuerpo, con una gracia de temer) frente tuyo, en torno tuyo; ella te mira, te sonríe, se esconde detrás de su pañuelo o lo revolotea en tus narices; y sus ojos te fascinan, te seducen ... Y un tío pulsa una guitarra -allá, todos los amigos de papá son "tíos", de puro cariño-, para cantar "La Flor de la Canela" y "Fina Estampa", como para que vayas entrando en clima "vos argentino". Y te cantan: "Todos vuelven al rincón en que nacieron, al embrujo incomparable de su ser, ... donde, acaso, floreció más de un amor" Y vos lo entendés muy rápido, porque te acordás de "Volver ... con el alma marchita". Y desfilan los temas melodiosos, sentidos. Todos cantan. "Este secreto que tienes conmigo, nadie lo sabrá. Este secreto seguirá escondido, una eternidad." Y vos comprendés, te entra por los ojos, por los oídos, por la piel, sabés que estás en otro país, que podés disfrutar de todo lo genuino de otras gentes; que todo no son los autos Toyota, los videos, la Coca Cola, el wisky, las autopistas, los supermercados o las operaciones bancarias. Estás en otro país, que puede sorprenderte y deleitarte, que te puede encantar y enriquecer con bellos recuerdos.
- Volvamos a los ojos de las limeñas ...
- Maravillas que adornan, que iluminan, que te penetran sin compasión en un baile ... en una marinera. Mezclas de fantasía y estados de ánimo, que van más allá de si son claros u oscuros, verdes turquesa o negros azabache.
- Me estás contagiando, ¡para Lima me voy!
- Y están los ojos que te penetran el alma. Felices nosotros de que estén ellas para mirarnos así. Misterio de maravilla. Pueden ser los ojos de una limeña, una santacruceña, una porto-alegrina, una bogotana, o los ojos de tu vecina ... pero se meten en el fondo de tu corazón, y de allí, no sólo no tenés la menor idea de cómo sacarlos, sino, peor aún, ¡no querés que salgan jamás!
- Bueno, bueno. Ya vamos llegando a las playas. ¿Digo bien? Esas que habrás recorrido, carpa por carpa ... Ya me imagino.
- No, no. Por ahora quedémonos en Lima, con sus muros y sus cebiches.
- ¡Sos porfiado, eh!
- ¡Y con sus marineras!

Jorge B. Hoyos Ty. -----
ainda@netverk.com.ar

viernes 26 de diciembre de 2008

De Grecia con amor

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--- De Grecia ... I
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(Nota: clic encada imagen para verla más grande)
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----- De Grecia ... II
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De Grecia ... III
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Jorge B. Hoyos Ty. ----
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Cuentos de Brasil

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--- Lembranças
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VOCÊ ABUSOU

De paso por San Pablo, Andrés se envuelve en la seducción de Arielle, una bellísima "garota" negra. - Ending a short visit to Sao Paulo, Andres is caught in the seduction of Arielle, a very beautiful black "garota".

Reunión social terminada en un suburbio de San Pablo. Casi la una de la mañana. Vio una pequeña cola para un ómnibus hacia el centro; decidió probar.

Cuatro personas delante de él, una hermosa muchacha negra. Tacos medianos, piernas delgadas, pollera corta, blusa, hombros descubiertos derechitos, cabello casi lacio. Una "maravilha" para contemplar entre luces de mercurio y un pedacito de luna en noche cálida de octubre.

Pagó su pasaje, pasó el molinete, dos pasos más y se sentó al lado de esa muchacha, confiando en la gentileza de las brasileñas que, generalmente, no son hostiles a un acercamiento.

Lo sorprendieron unos ojos claros pero, ya había sido testigo de bellos contrastes en las mujeres de ese país. Algo dijo de la noche con luna, de cuánto demoraría la llegada al centro. La conversación, mezcla de portugués y español, se hizo agradable y fluida. Pasaron los minutos; las casas de barrio poco a poco fueron desapareciendo, reemplazadas por edificios cada vez más grandes.

Arielle anunció que bajaría en la próxima parada. "Você desce, também?" Le sorprendió la propuesta. Miró por las ventanillas, sin duda la avenida São João, calculó que estaría a unas quince cuadras de su hotel. No eran horas para andar "por allí" nada menos que en San Pablo. Hubiese preferido unos segundos para pensarlo pero ya comenzaba a detenerse el ómnibus y era la invitación de una bella paulista.

Cruzaron una bocacalle y avanzaron por São João. Los autos arrancaban disparados con luz verde y, metros más, el cruce con el "Minhocão", una vía rápida elevada, rugiente, aún a esas horas. Ni mucha ni poca luz; en otros horarios sería zona comercial, ahora todo cerrado, muy poca gente transitando.

Debajo de las planchas de hormigón del "Minhocão", Arielle se separó un poco, dándole un pequeño bolso que llevaba.

Entonces, se puso a cantar, dulce y suavemente; y su cuerpo comenzó a ondular, a danzar con gracia y sugestión, como atributos sólo posibles en una "mulher do país abençoado por Deus":

"Você abusou
tirou partido de mim
abusou
tirou partido de mim
abusou
tirou partido de mim
abusou"

El techo del viaducto hacía de marco; la silueta de Arielle contra un pedazo de cielo y el perfil de los edificios. Una fantasía de luna para los sorprendidos ojos de Andrés. Una caricia de versos y música para sus deleitados oídos. Todos los ruidos desaparecieron y fue como si São João resplandeciera con todas sus galas en una noche de carnaval, sólo para Arielle. Una magia de baile y canción exclusiva para Andrés:

"Que me perdoe
se eu insisto nesse tema
mas não sei fazer poema ou canção
que fale de outra coisa
que não seja o amor"

Cuando Arielle terminó, le extendió la mano y dijo: "Venha comigo".

Media cuadra por una pequeña calle transversal y entraron en un cabaret.

Oscuro, oscuro. Apenas unas lucecitas rojas en cada mesita. "Espera só um minuto", dijo Arielle, ofreciéndole una silla y alejándose hacia el costado de un escenario.

Lo poco que alcanzaba a verse parecía de buen gusto. "Menos mal" pensó Andrés. Recordó la última vez, meses atrás, que había estado en un lugar similar, en Buenos Aires:

Se había dejado engatusar, muy fácilmente, por una chica bonita que, en la calle, hacía promoción de un night club. Adentro, lo abordaron velozmente dos muchachas; se sentaron en unos silloncitos. Una se apretaba a él y le acariciaba la nuca; la otra, de frente, le introducía las rodillas entre sus piernas. Demasiado grotesco, aquello más parecía un secuestro que algo placentero. Todo rápido, como para aturdir. Le hicieron consumir una ronda de bebidas. Quiso saber cuánto le costaría el disgusto y resultó ser 90 dólares. Se escandalizó pero ya había sido atrapado. Desagrado y repulsión crecientes. Aún pretendieron más bebidas, entonces dijo "¡no jodan más, se van al carajo!"; se soltó de las rodillas de una y del brazo de la otra y se fue por donde había entrado.

La cosa no terminó en insultarse por estúpido. En su casa, tuvo que sacarse toda la ropa y colgarla al viento, por 24 horas; estaba impregnada de ese característico y terrible olor: mezcla de alcohol, cucarachicida y semen.

Casi se había jurado no reincidir en tales curiosidades, y aquí estaba, otra vez.

Se acercó una "garota", con una copa en la mano, diciendo "você nao tem que estar sozinho, não é?. "Estoy esperando a Arielle" reaccionó él, pero la chica no le hizo caso y comenzó a sentarse. Entonces él se paró, molesto y resuelto a irse. La mujer quizá entendió que era mejor no espantar a un cliente, dijo "Tudo bem, tudo bem!" y se fue.

Andrés volvió a sentarse, despacio, comenzando a pensar en qué otra estupidez se había metido. Afortunadamente, reapareció Arielle; con un vestido escotado, ceñido, negro, tacones altos. Apenas un detalle de otro color -hasta sus pendientes eran negros-, un pinpollito de rosa prendido a un bretel. ¡De no creer!

Tomaron unas copas, conversaron. Andrés estaba encantado. Pero se tuvo que ir. Le esperaba un día de trabajo difícil y sabía a qué se exponía si intentaba cumplirlo después de una trasnochada, seguramente intensa. Ella le dijo que podía volver cuando quisiera, directamente a las cuatro de la mañana, que saldrían juntos.

Su día fue arduo, el último de la tarea en San Pablo. Se dio un baño. Terminaba la tarde y, mientras decidía qué haría esa noche, pensó que no estaría mal pasear por los barrios elegantes del sur de la ciudad.

Hermosas mansiones, grandes "prédios" (edificios de departamentos) cercados y custodiados. Se encontró con un espacio abierto, profusamente iluminado; era una exposición de lujosos autos europeos. Música, ambiente festivo, contagioso; promotoras muy bonitas, bastante gente.

Se acercó a un espléndido auto italiano y por la puerta entreabierta comenzó a mirar su interior. La otra puerta se abrió e ingresó, sentándose, una chica que lo invitaba a él a hacer otro tanto "pra conhecer melhor esta beleza de auto".

Andrés vio abrirse la puerta, entrar unas preciosas piernas, escuchó la invitación y se sentó. Sorprendido por completo, no daba crédito a sus ojos: ¡Arielle! Elegantísima, esta vez en tono marfil.

Rieron bastante y jugaron a señor interesado en el auto y señorita que se lo quiere vender.

Esperó casi una hora en una "chopparía" próxima, agradable y concurrida. Pasó rápido el tiempo, saboreando una helada cerveza; disfrutando de lo maravillosa e increíble que podía ser la suerte, a veces. Arielle cruzaría aquel portal vidriado y sería un placer verla acercarse hacia él.

Un auto dejó a la pareja en el lujoso vestíbulo del hotel de Andrés, en el centro de San Pablo. Un "cinco estrellas", internacional, donde, elegancia mediante, todo estaba permitido.

Fue una noche de delicia.

Andrés la recordará siempre ... "de mí, abusó ... ¡Abusó!"

Jorge B. Hoyos Ty.
ainda@netverk.com.ar
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--- Oi !!
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ALICE

El encanto de Alice, una muchacha germana de ojos azules, seduce a Sergio en un viaje cruzando la frontera de Argentina con Brasil. - The charm of Alice, a blue eyes german girl, seduce Sergio in a travel through the border between Argentina and Brazil.

Los azules ojos de Alice miraban, sorprendidos e incrédulos, a uno de los choferes del ómnibus internacional, a punto de cruzar la frontera de Argentina con Brasil, quien decía:

- Não pourrá sair de Argentina.
- ¿No? ¿Por qué?
- É minor de edade.
El chofer había recolectado, previamente, los documentos de todos los pasajeros, para trámites de frontera.
- No, no. Tengo dieciocho años, soy alemana, en Alemania soy mayor de edad.
El chofer era, ahora, el sorprendido, pero insistió con su desagradable noticia.
Los demás pasajeros, próximos, prestaban atención. El chofer dijo, como buscando una salida, mirando a la pareja de la chica:
- São casal?
- ¿Casados? No - respondió Alice.
- ¿Cuál es el problema? - intervino una chica del asiento contiguo, adelante.
- Ela é minor de edade em Argentina. Precisa autorizacão para sair do país. Em Brasil ela é maior, também, pero em Argentina não.
- No, nada que ver - intervino otra mujer - ¡Ella es alemana!
- ¿De dónde vienen ustedes? - preguntó un tercero.
- De Chile. Yo estoy viviendo allí.
- No, no - fue el turno de Sergio -. Entonces sí, nada que ver. Si la dejaron entrar, la tienen que dejar salir.
- Claro que sí - confirmó la chica de adelante.

El ómnibus se detuvo en la frontera. Los pasajeros bajaron. Algunos fueron a una ventanilla de Banco a comprar Reales. Sergio buscó quedar frente a Alice.

- ¿Ya pasó todo? - preguntó.
- No sé ...
- Vos no tenés que decir nada. Dejá que ellos solos se den cuenta de la tontería. No sé cómo será en Chile pero, en este país, "el que habla se jode". ¿Entendiste?
- Sí - dijo, riendo de buena gana.
Su pareja estaba al lado. Sólo miraba sonriente. "Un divino", diría cualquier argentina. Todo músculo, rubio y atlético.
- Du sprechst sehr gut Spanish.
- Sí. Hablo español, no mucho, pero bien - dijo, sorprendiéndose por la frase en su idioma.
- Und Er?
- Él habla sólo alemán ... Y tú, ¿cómo sabes alemán?
- Ich bin in der Schweiz gearbeited.
- ¡Trabajaste en Suiza! Sehr Gut!

El tonto disgusto pasó. Todos de vuelta en sus asientos en el ómnibus. Una sonrisa de Alice cruzó hasta Sergio. Él le había dicho que lo había retado a San Pedro, por el mal tiempo que estaban teniendo (llovisnaba y la información decía que venía ocurriendo así en las últimas semanas, en Brasil).

En la mañana siguiente, en Porto Alegre, bajaron los que ocupaban los asientos contiguos al de Alice y su novio, del otro lado del pasillo. Sergio se corrió allí.

En la siguiente parada -una especie de desayuno tardío o anticipo de almuerzo- antes de volver al ómnibus, Alice estuvo sola, un momento. Sergio se acercó:

- Todo el sol de Brasil para vos - le dijo.
Ella rió, mirando, con intención, algunas nubes que quedaban en el cielo. Conversaron. Ella dijo que iba a Blumenau, a casa de una amiga.
- Qué casualidad, yo conozco bien Blumenau. Me gusta.
- A mí no.
- ¿Por qué?
- Muchos alemanes, todos rubios. Cuando viajo no me interesa ver alemanes.
- ¡A mí, tampoco, me interesa ver argentinos! - rió Sergio.

Llegó el novio. Subieron al ómnibus. Alice se sentó del lado pasillo; lo hizo pasar hacia la ventanilla al galán.

La conversación siguió. Ella se interesó a dónde iba él. Cómo se llamaba el lugar, cómo era. Una playa del sur de la isla de Santa Catarina, "Armação". "Yo le llamo 'un pedazo de paraíso'", dijo Sergio.

Pasó el tiempo. Ella se dio vuelta y se recostó en su novio. Sergio pretendió dormir.

El ómnibus se detuvo en la Rodoviária de Florianópolis. 13 horas. Bajaron y esperaron la entrega de valijas, los enamorados sendas mochilas.

- Los ómnibus para Blumenau salen del otro lado de la Rodoviária - informó Sergio.
- Mejor vamos a quedarnos un día aquí, iremos a la playa - respondió Alice.
Sergio se sorprendió y se alegró.

Dejaron sus bultos en un guarda-equipaje. Pasaron por una oficina de información turística. Ellos necesitaban un hotel cerca, en el centro; él, otro en Armação.

Recorrieron hoteles por el centro: dos muy caros, uno regular y otro de buen precio pero feo. Sergio de "cicerone", hablando portugués.

Apareció otra opción: ir todos a Armação. "¿Serán más baratos los hoteles allí?", quiso saber Alice. "Creo que sí, dijo Sergio, el sur de la isla aún no está invadido por el turismo extranjero".

Buscaron una cabina telefónica. Alice habló con su amiga de Blumenau, "aquí estamos; allá vamos, mañana" y montones de cosas más.

Sol agobiante de 3 de la tarde. Subieron al ómnibus que decía "Pantano do Sul - Vía Armação". Más de media hora de trayecto.

Llegaron a la dirección recomendada. El precio era bueno y lo que mostraron mejor. Los alemanes fueron a una habitación y Sergio a otra contigua.

Limpios y repuestos, salieron hacia la playa.

Un bellísimo atardecer sobre la bahía. Hundieron sus pies en la arena, caminaron entre los botes de pescadores. Buscaron un lugar para comer, estaban hambrientos.

A unos cien metros, frente a un grupo de bares, al lado del mar, sonaban zambas de carnaval. Un grupo de chicas bailaba sobre una tarima, arriba de una carromato, liderando a todos los demás en la calle. Mucha gente, danzando y cantando. Noche previa de carnaval.

Terminaron la cena y se metieron entre la gente, en uno de los bares.

Ella desapareció y volvió con una caipirinha, "de vinho", dijo. "¡Aj!", hizo él, pero igual la compartió. El Apolo estaba inmóvil. Sergio se puso a bailar con Alice.

Tenía la cintura descubierta. Le hizo dar vueltas, rozando su piel. Le acarició los hombros, que también estaban descubiertos. Su cabello largo y lacio hacía su propia danza. Sus largas y lindas piernas no eran brasileras pero podían aceptarse zambando.

Al Apolo se le acercó una brasilera con cara de entradora e intenciones "non-sanctas".

Alice prestó atención. "¡Bah!, dijo Sergio, ningún problema" y la llevó, entre la gente, hasta una barra. "¡Caipirinhas, caipirinhas son las de cachaça!"; pidió una y la compartieron.

Le tomó la mano. Ella trató de mirar, por encima de las cabezas de la gente, hacia donde había quedado el Apolo.

Él la acercó a una baranda sobre el mar. Noche de estrellas. Y comenzó a besarla, en el cuello, en los hombros. Percibió delicia en ella; acarició su cintura y sus muslos. Sus besos treparon por orejas y pelo. Siguió por las mejillas y no alcanzó sus labios. Ella giró el rostro. Él no insistió. Siguió besando su piel, y sus manos recordaron aquello de "déjame tocar el fondo de tu ser".

Ella se separó, lo tomó de la mano y volvió donde estaba el Apolo. Allí seguían los embates de la brasilera, el acosado reía.

Ella lo tomó de un hombro, lo hizo girar y le dio un beso. La atacante se fue.

Siguieron bailando, mezclados con un grupo de muchachos y chicas. El germano ensayó unos pasitos reiterando caipirinhas; "prosit!" decía. Un negro terció como profesor. Ella feliz, ahora tenía "expertos" tres a falta de uno.

Volvieron de madrugada al hotel. Él, solo en el cuarto vecino, rogó por dormirse pronto; un mínimo de imaginación hacía falta para envidiar lo del otro lado.

La puerta comenzó a abrirse. Sergio clavó los ojos en esa rendija creciente de brillante amanecer. Un camizón muy cortito; descalza, esbeltas piernas y cabellera suelta brillando a contraluz. Cerró la puerta y se acercó muy lentamente. Comenzó a levantar un extremo de la sábana. Él no se movió. Ella sonrió, empujándolo con la cadera.

- ¿Tengo que despertarte? - preguntó Alice, besándole la oreja.
- Mejor, ¡pellíscame! - dijo él.
- Dum! ¡Tonto!
- ¡Más, por favor! ¡No tiene que ser un sueño!

La mañana comenzó tarde. Fueron caminando hacia la playa. Él, con el pretexto de tener que encontrar algo para quedarse un par de semanas, se separó de la pareja.

Fue a ver una "pousada" que le habían recomendado la tarde anterior. Sueli, una deliciosa brasilera, de rasgos japoneses, dijo que tenía "tudo lotado" pero le dio un par de direcciones y algunas indicaciones. Retornó a la playa, saludó a sus amigos y volvió a su búsqueda.

Sergio almorzó solo, frente al mar. "Lula grelhada ao molho de camarões, arroz, batatas fritas, feijão, saladas, cerveja bem gelada", pero ... ningún sabor ... ninguna "delícia do mar" ... sus ojos pretendían atrapar el infinito ... Alicia mecía entre destellos y olas acariciando su piel; sus ojos robaban azul al cielo y cubrían el horizonte de ese "pedazo de paraíso".

A las 4 de la tarde los reencontró y tomaron un ómnibus hacia Florianópolis. Ellos tenían pasajes para las 6, hacia Blumenau.

Bajaron del ómnibus, depositaron las mochilas en un banco, para reacomodarlas en los hombros de la pareja, tenían siete u ocho cuadras de caminata hasta la Rodoviária.

- Bueno, ya saben el camino - dijo Sergio.
- Sí - respondió Alice, y lo abrazó.
El se dejó abrazar y besó sus mejillas.
- Escríbeme.
- ¿Alguna postal?
- Sí.

Sergio, también, le dio un abrazo al Apolo.

Caminando delante de ellos, les hizo adiós con la mano y se perdió entre la gente.
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Jorge B. Hoyos Ty. -----
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sábado 20 de diciembre de 2008

Emilia, Melina y Luli

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Emilia Attías, Melina Pitra
y Luli Fernández
Homenaje de Tilos y Robles - Tilos y Robles homage
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En el nuevo milenio, Emilia Attías, Melina Pitra y Luli Fernández, renovada belleza argentina. De Internet, Tilos y Robles ha compuesto foto-compactos de estas preciosas chicas, para deleite estético de nuestros visitantes de todo el mundo. Son jóvenes modelos pero ya muy famosas por su hermosura.
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In the new millennium, Emilia Attías, Melina Pitra and Luli Fernández are the renewed argentine beauty. From Internet, Tilos y Robles has composed photo-compacts of these marvellous girls, for aesthetic delight of our visitors from all over the world. They are young models but already very famous because of their beauty.
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-- Emilia Attías
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------ Melina Pitra
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-- Luli Fernández
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¡Sin palabras! - No words!
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Encuentre información y centenares de imágenes de estas Top Models sólo escribiendo sus nombres en cualquier buscador Web.
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Found information and hundreds of images of these Top Models just writing their names in any Web search machine.
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Jorge B. Hoyos Ty. -----
ainda@metverk.com.ar

jueves 18 de diciembre de 2008

Cuentos de Verónica ...

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----- Verónica I
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Tres Monedas
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Volando sobre el Atlántico, con destino París, una hermosa azafata turba los planes de Andrés - Flying the Atlantic Ocean from Rio de Janeiro to Paris, a beautiful air hostess disturbs Andres' plans
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- Allez-vous dîner, Monsieur?
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Abrió los perezosos ojos. No entendió pero vio una bandeja cerca suyo. Le estaban ofreciendo la cena, en un vuelo de ultramar.
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- Yes ... - intentó contestar, levantando la vista hacia la azafata.
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Comprendió que más le valía despabilarse pronto ... lo miraban los ojos claros de una bella muchacha de cabello largo, vestida con blusa de seda blanca y corta pollera gris azulada.
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- Monsieur ...? - insistió la azafata, con una sonrisa.
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Andrés no daba crédito a sus ojos, dudando si no se había despertado aún. Un espléndido busto se dibujaba detrás de la blusa. Estiró las manos, tomando la fuente, sin dejar de mirarla. Ella giró hacia el carrito portabandejas y lo desplazó hasta el próximo asiento. Andrés no pudo menos que contemplarla: esbelta y sinuosa, esas piernas largas y torneadas eran una delicia.
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Siguió mirándola, mientras otra azafata le ofrecía bebidas. Eligió vino blanco, agua mineral, y comenzó a cenar. De pronto se dijo: "imposible, no puede ser".
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Sacudió sus pensamientos: "yo la conozco ... no, no puede ser".
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El avión había despegado de Río de Janeiro procedente de Buenos Aires. Destino: París.
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Terminó la cena y retiraron las bandejas de él y de la señora del lado ventanilla. Buscó a aquella azafata. Se desplazaba en otro sector del enorme avión. Esperó que cesara el movimiento post-cena. Se levantó y caminó hacia la cola de la nave, donde había un bar. Pidió un Martini, y se entretuvo jugueteando con la aceituna.
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Apareció la bella azafata, sin reparar en su presencia. El se aproximó por detrás de ella y le dijo, despacio pero con claridad: "Verónica".
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La observó. Ni un movimiento. Entonces insistió:
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- Creo que nos conocemos.
Ella giró lentamente.
- Sí, sí ... - se animó él.
Una enigmática sonrisa fue la respuesta.
- Hará casi dos años - agregó él.
Ella volvió a su posición inicial, con desinterés evidente.
Andrés pensó que ya había hecho lo más difícil, y nada perdía con insistir:
- En "El Cafetal" de La Plata.
Volvió a girar la azafata, diciendo:
- Puede ser.
- Claro que sí, ¡qué sorpresa!
La misma indiferencia en ella ... pero dijo:
- Puede ser, sí. Pero yo, tengo la impresión de ser la primera vez que te veo.
- ¡Eso ya es bastante! - se alegró Andrés.
Ella pareció descongelarse un tanto. A la chica que estaba a cargo del bar le pidió una botella de coñac y dos copas. Con la bandeja en las manos, trató de mostrarse cortés, diciendo, mientras se retiraba:
- En estos vuelos, no es la primera vez que me encuentro con alguien de La Plata.
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Andrés terminó el Martini y prefirió volver a su asiento. La vecina dormitaba. Se dejó envolver por el ruido de los motores.
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Era cierto. Ella no lo conocía. Apenas, la había visto dos veces. La primera, ella estaba, a cierta distancia, atendiendo la caja en la barra de El Cafetal, un Café de la ciudad de La Plata. La segunda, días después. El recuerdo era casi fotográfico:
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Desde la calle, se abrió la puerta de vidrio de El Cafetal y apareció ella con un elegante traje gris de dos piezas, con pollera muy corta, camisa blanca, un bolso y zapatos de taco alto también blancos. Su larga cabellera ondulante daba el exacto marco a un bellísimo y preocupado rostro. Tenía prisa. Pasó entre las mesas como una exhalación, como si nada existiera, como si el local estuviese vacío; ni él ni nadie existían para ella.
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Sus retinas quedaron impresionadas. El cuerpo esbelto y sinuoso, los muslos torneados y brillantes; toda ella a contraluz, al ingresar, en una soleada tarde de verano.
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La primera vez la había visto con remera, jean y zapatillas, igualmente bella y sugerente. Pero esta versión, quizá por tan insospechada, era la exquisitez hecha mujer. Se quedó mirando la calle, pensando qué estaría haciendo ella dentro del local.
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Divagaba con la imagen de esa muchacha, cuando pasó a su lado. Se había sacado la chaqueta y la camisa blanca era un regalo para los ojos. Se detuvo al lado de una mesa delante de él y algo habló, en voz baja, con el muchacho que la ocupaba. Nada escuchó a pesar que su curiosidad le hizo prestar atención. Las miradas eran sostenidas. Le quedó claro que no se trataba de una conversación común y sintió envidia. Enorme envidia hacia ese muchacho.
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Volvió a pasar al lado de él. Ahora, diríase que el mundo se reducía al joven de aquella mesa.
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Minutos después reapareció como había ingresado, con un café en la mano. Lo dejó en la mesa de aquel afortunado; le dijo "chau" y algo más, se dirigió a la puerta y salió, tan apresurada como había llegado.
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Y no hubo "otra vez". En varias oportunidades volvió a El Cafetal, pero ella no estuvo más. Desapareció. Lo único que supo, ciertamente, fue que se llamaba "Verónica". Y aquí estaba Verónica. Azafata en este vuelo, en este avión; quizá más linda aún que entonces; con la magia adicional que siempre supone una bella aeromoza, a diez mil metros de altura sobre el mar.
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Un minuto de reflexión le hizo decir que él no era aquel, que ella no se había conmovido en lo más mínimo con el encuentro.
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"¡Hola!", dijo Verónica, reapareciendo en el pasillo. Media luz en todo el avión, hora de escuchar música, de ver cine.
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"¡Hola!", respondió Andrés, sorprendido y poniéndose de pie. Ella le sonrió como diciendo que podía ser más simpática.
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Caminaron hacia el extremo posterior de la cabina. Los últimos dos asientos de un costado estaban vacíos. Andrés ya había visto que allí se ubicaban las azafatas. Sugirió sentarse en ellos. Verónica dudó un instante, pero aceptó.
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Acertaron con una conversación amena, sin mención de antecedentes mutuos. El supo que se quedaría en París unas 24 horas, cuál era el Café en Boulevard Saint Germain que le gustaba más y que seguiría en vuelo a Roma. Ella supo que él viajaba por negocios de ingeniería, hacia Alemania.
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La conversación se tornó sugerente y él aprovechó para tentar una cita. La negativa no se hizo esperar pero con una gran sonrisa, que bien podía significar "lo siento, no me interesa" o "¿quién sabe?, quizá". Ser enigmática parecía natural en ella y resultaba muy atrayente.
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Reían ambos y Andrés, mirando el perfil de sus labios entreabiertos, deslizó los dedos por una de las rodillas de Verónica. Apenas una leve alteración en ese rostro y él, sin rozarla casi, avanzó por la cara interna del muslo ... dejó la suavidad de la media con liga y sintió la tibieza de la piel ...
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Ella no interrumpió su risa, pero tomó la mano de él y la retiró diciendo: "allí vienen las chicas que se sientan aquí".
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Se pusieron de pie. Verónica habló con una de las azafatas en francés y con la otra en italiano. Andrés supo que su pequeña aventura había terminado. "Buenas noches", dijo, y caminó hacia su asiento. Restaban unas cuantas horas sobre el Océano Atlántico y una parte de territorio francés hasta el aeropuerto Charles de Gaulle.
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Tenía la noche libre; en la mañana siguiente volaría hacia Bonn y Stuttgart. Eligió una mesa en el Café del Boulevard Saint Germain que Verónica frecuentaba. Era amplio, con muchas mesas en la vereda y dentro del local. Las recorrió con la vista, una por una: nada.
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Había consumido, casi, su cerveza, cuando reconoció a una de las azafatas del avión, con otra chica. Se ubicaron dentro del salón, charlando animadamente. Pidió otra cerveza, confiando en su suerte.
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Apareció Verónica, muy elegante, de blusa y pantalones. El se apresuró a interceptarla.
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Los ojos de ella acusaron sorpresa. Mirando la mesa de sus amigas, Andrés le pidió compartir "un minuto" la de él. Ella aceptó la propuesta y "el minuto".
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"Dentro de un par de días estoy en Roma y me quedo allí una semana", fue lo que concedió Verónica, dándole un número de teléfono. Se despidió, se juntó con sus amigas y pocos minutos después salieron las tres. El las miró perderse en la calle, entre la gente.
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Desde Stuttgart, llamó al teléfono de Roma. La Ciudad Eterna no formaba parte de su itinerario, pero había terminado su cometido en Alemania y hecho las modificaciones de ruta de retorno. Valía la pena.
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Una agradable voz femenina le contestó: "Verónica? Non è ancora arrivata, però, l'aspettiamo oggi o domani. Chi parla?"
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Cuando colgó, dudó si no se había entusiasmado con nada, pero se dio ánimo pensando que Roma siempre sería Roma ... "Todos los caminos ..."
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Del aeropuerto Fumichino llamó al número de Verónica. Le dijeron que había salido. Y sí, le dieron la dirección, si quería pasar por allí ...
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Eligió un hotel en Piazza Colonna. Se dio un baño y, sin volver a llamar por teléfono, se fue al departamento de Verónica, caminando un par de cuadras.
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Lo recibió una bella muchacha italiana, muy simpática y cordial. Le dijo que Verónica no había vuelto y no sabía a qué hora lo haría. Podría ser que no fuera su día con los dioses romanos, pero le faltaban muchas horas, estaba en Roma, y Verónica también.
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Delante de la Fontana di Trevi, con el rocío de las cascadas llegándole al rostro, tiraría una moneda ... metió la mano en un bolsillo ... arrojó tres monedas en la fuente.
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Jorge B. Hoyos Ty.
ainda@netverk.com.ar
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----- Verónica II
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HAY NOCHES Y NOCHES
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¡Ud. no imagina lo que pueden ser las noches con Verónica! - You don't imagine what the nights with Veronica may be!
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- Te veo muy de cuando en cuando, ya estamos en otoño.
- Es cierto ... ¡Mozo! Un par de cafés bien calientes, por favor.
- La última vez te negaste a contarme cómo te había ido en aquella búsqueda en la playa.
- Olvidate. Ya pasó mucho tiempo.
- Para ciertas cosas, el tiempo no cuenta ...
- Así es, así es ... ¡Apuesto que te gustaría oír algo de Verónica!
- ¿Verónica ... Verónica? ¡La azafata! ¿La de París y Roma?
- La de mirada enigmática, la de bellísimas piernas.
- ¿Qué pasó?
- Se apareció en casa.
- ¿En tu casa? ¿qué tenés vos en tu casa? ¿un imán? ¡Nunca me habías dicho que iba a tu casa!
- No digo que vaya. ¡Apareció! Eso es lo que digo.
- Sí, claro, "apareció" ... Apareció una Diosa, en tu casa ...
- Cuando trabajaba en este café, yo trataba de charlarle, de alentar alguna esperanza.
- ¡Mirá vos! ¡No sabía!
- Pero nada. Nada de nada.
- ¿Nada?
- Supe su dirección, su teléfono. Ella también, mi dirección, mi teléfono ... y alguna vez me dijo que sí, que iría a casa. Imaginate vos. Pero nada, puras promesas. A medias, yo sabía de sus amores.
- ¿Y no quedaba ni un lugarcito para vos ...?
- Hasta que desapareció por años. Hasta que nos enteramos por Andrés que estaba convertida en azafata.
- ... ¿Ninguna otra noticia?
- Absolutamente. Hasta Semana Santa. Una tarde, reapareció en casa.
- ¿Así, no más? ¿Sin decir "agua va"?
- ¡Así, no más! ¡Pura sorpresa!
- Así es ella, supongo ... ¿Y vos?
- Le pedí que me pellizque. Se mató de la risa y hasta me hizo doler.
- ¿Tenés coronita, vos? ¡Mamita querida! ¡Qué Semana Santa! ¡Vaya si "Santa"!
- Sí ... sí ...
- ¿Cómo "sí ... sí"?
- Estaba viviendo en pareja con un piloto, en City Bell. Yo ni la menor idea. Se peleó, y no se le ocurrió nada mejor que venir a mi casa. Habrá sido porque le quedaba cerca, yo vivo en Gonnet.
- Bueno, pero ...
- Y yo feliz, qué querés que te diga. "Pero sí, quedate todo lo que quieras, dos días, dos años, estás en tu casa" ... Y le hice conocer todos los rincones. A ella le gustó. Tres horas después volvió con un bolso grandote ... sus ropas. La instalé en mi dormitorio. Vaciamos dos cajones del ropero y allí acomodó sus cosas, otras las colgó.
- ¿Y ...?
- ¿Y? Se acostó a dormir. Dijo que tenía mucho sueño.
- ¿Solita?
- ¡Solita! ¡Ni un atisbo de nada! Y yo, "bárbaro". ¿Qué apuro podía tener? Se levantó a eso de las nueve, se dio un baño. Se puso guapísima. Yo no la conocía así. Noche de viernes. Picamos algo y se fue, prometiendo volver. No le pregunté a qué hora, le di las llaves. "No, ¿cómo me vas a dar las llaves?" "Y, por qué no, yo estaré durmiendo ..."
La una, las dos de la mañana, yo no me podía dormir. En el sofá del living, claro. Zapatos negros, delicados, de medio taco; pantalones negros ceñidos a esas piernas tan largas, tan lindas, cerrando en una cintura apretadita con un cinturón apenas visible, de puro adorno. Una suerte de camisa blanca de mangas largas, de talle justito, pegadita a su espalda derechita, pegadita a sus senos erguidos, dejando adivinar un sostén bien escotado y esas tiritas subiendo hacia los hombros ...
- ¡Bueno, bueno, pará! ¿Qué querés, que me babee?
- No me podía dormir ...
- Ya lo dijiste.
- A las tres de la mañana, un ruido de llave en la otra puerta de casa, la del estudio. Yo le había dado la del living. Me levanté, miré por el visor; allí estaba frente a la puerta del estudio tratando, inútilmente, de abrirla; se había confundido.
Abrí, la llamé, se sintió aliviada.
Dijo que habría esperado allí, que no pensó en despertarme. Yo dije que, de todos modos, habría visto la otra puerta.
Nos reímos un rato.
Se acostó.
Y otra vez durmió, sin parar, pasando el medio día, hasta avanzada la tarde. Se dio un baño. Otra vez se puso linda. Cenamos juntos. Conversación muy amena, desde música y gustos varios hasta posibles fotos de su bello cuerpo desnudo.
- ¡Ah! ¡Se pone interesante la cosa!
- Algunas fotos le hice. Pero así, vestidita, como estaba.
- ...
- También comentó cómo me había "visto" a mí durante el tiempo que nos conocíamos. De todos modos, siempre enigmática, velando sus sentimientos. Yo la escuchaba, simplemente.
Y se fue.
- Sábado en la noche. Te hubieras ido con ella.
- Diría que puse el fin de semana a su disposición.
- Lo menos que podías hacer.
- Pero mi persona no entraba en sus planes. Remise por teléfono y listo.
Volví a no dormir, o dormir mal. A pesar de inventarme un trabajo, en el estudio, hasta tarde. Eran las tres de la mañana cuando me introduje en el sofá del living. Las cinco, nada. Las siete, nada. Me levanté a las nueve; no había vuelto.
Era de noche, cuando reapareció ese domingo. Simpática, guapa. Se disculpó por no haberme llamado por teléfono, "no tenía mi agenda, no recordaba tu número". Pareció una visita de cortesía. No recuerdo que hiciera nada, sí que volvió a salir, claro. La habían traído, la estaban esperando.
Volvió a la una de la mañana. Entró con sus botas en las manos, para no despertarme ... "pero, resulta que vos estás despierto".
Le pedí que se sentara, que conversáramos. Me corrí un poco, pero ella se sentó en el sillón de enfrente. "Estoy bien aquí", dijo, con ojos alertas, cruzando las piernas; el largo cabello resbalando en sus rodillas, los pies desnudos en la alfombra.
- De la conversación que tuvimos antes de anoche, hay algo que no entiendo, que quiero preguntarte.
- Sí ... - dijo, con una pizca de intriga en la mirada.
- Desde que nos conocemos, dijiste que yo te he aburrido todo el tiempo tratando de impresionarte. Por mi parte, siempre he reconocido que no me has dado ni cinco de bola. Siendo así, no entiendo, ¿cómo llegás con tu humanidad, con tus sentimientos, hasta este momento, aquí?
Sus bellos ojos expresaron disgusto.
- No te entiendo - dijo, sin apartar su agria mirada.
- Sí, me entendés - dije, y repetí la pregunta.
- ¡No me podés preguntar eso!
- ¿Por qué no?
- ¿Por qué no? Somos adultos, ¿no? ¿Yo te pregunto que querés de mí? ¿No lo sé, acaso?
- Pero ...
- ¡Si ayer no hubiese hecho el amor con otro, y hubiese dormido en tu cama, esta conversación no tendría lugar!
- Bueno, bueno, convengamos una cosa. A mí no me interesa herirte ni que nos hagamos daño con palabras. Pero es bueno conversar.
Sostuve su mirada. Aceptó. Yo continué:
- Vos tenés amigos, familiares, dónde ir en esta emergencia, no te pueden dejar en banda.
- Nadie me deja en banda. Vos me das una mano y yo te lo agradezco.
- Yo no sirvo porque me gustás demasiado, claro que lo sabés. ¿Qué me tiene que importar si volvés tarde o no volvés? ¿Qué tiene que importarme lo que hagas? ¡Pero no! ¡Podría tomármelo deportivamente! No sería la primera vez que una bella mujer está en casa, sin obsesión de mi parte. Pero con vos no. Con vos no.
Yo dije que te quedaras todo lo que quisieras, pero va a ser un castigo ... como inventarme un castigo.
- No te preocupés. Hoy me confirmó Francisco que en dos o tres días le dan el departamento (Francisco, su nueva pareja).
- No, no me importa ... días más, días menos. Es más fuerte que yo ...
La charla continuó, sin pelea. Convinimos que se iría el miércoles a media mañana.

Y como las otras noches, llegó la del lunes. Bañadita, lindísima para su transición entre amores. Charlamos bien, amigablemente. Nos disculpamos de cosas que pudimos haber dicho mal la madrugada anterior. Le dije que estaba todo bien, pero que le volvería a pasar; que siempre podía contar conmigo. No era un cumplido. Cada cual en sus términos. Estábamos en un sofá del estudio. "Invitame un café", dijo, levantándose y previniendo un acercamiento mío. Yo preparé dos cafés.

Me desperté a las dos, a las cuatro de la mañana. A las cinco sonó el timbre. "Se olvidó la llave", pensé. Me levanté, miré por el visor: nada de nada.

A las seis y media apareció. Le pedí que se acercara. Se volvió a sentar en el sillón. "¿Y, ahora qué?", decían sus ojos.

"Tengo que decírtelo. Ya sé lo que siento: envidia. Eso es: en-vi-dia que no conocía, en el alma y en el cuerpo. Que estés aquí, que te vea ir y venir, tan cerca. Y te vayas. A hacer el amor con otro. Te quiero en mi cama y estás en otros brazos. Es demasiado. Me gustás y te deseo una barbaridad. Siempre fue así, desde que te conocí. Pero te escurres como arena entre los dedos. No tenía idea de cómo podía ser la envidia. Sí, es así de terrible"

Se levantó pasada la media tarde. Se bañó, se puso linda, conversamos algo, se fue.

Las dos de la mañana, las tres. A las seis, abrió la puerta, entró con los zapatos en la mano y pasó al dormitorio. Ni una palabra, ni un ruido.

Reapareció en camisón cortito, casi transparente, y nada más; una maravilla de no creer. Bastante luz de madrugada para ver sus pezones y cada una de sus curvas.

Se acercó y comenzó a correr las sábanas, yo me moví haciéndole lugar, fascinado, sin dejar de mirarla. Comencé a sentir la suavidad y la tibieza de sus piernas. Estiré una mano, para que su cintura quedara bajo mi brazo y comencé a acariciar su cadera ...

Y, ¡maldita sea! ¡me desperté! El timbre de la madrugada anterior, también lo soñé. Los perros no habían ladrado. ¡Qué locura!

Esa madrugada de martes no apareció. Ni las mañanas, ni los siguientes días.

- ¿No volvió más?
- Ninguna semana me ha parecido tan larga. No había forma de apartar la idea de su vuelta ... seguro, como si "tal cosa".
Cayó el lunes siguiente, a las doce de la noche, a llevar sus cosas. Sonrisas, besitos de saludo, toda ella feliz y como proclamando "así soy yo".
Y se fue. Un auto la estaba esperando.
- Mirá vos ... Bueno, al menos, se terminaron tus envidias.
- No sé.
- ¿Cómo "no sé"?
- No se llevó todo.
- ¿Dejó ropa?
- Algo dejo: un par de remeras, un vestido, una camisa, sostenes, bombachitas, dos pares de sandalias.
- ¡Volverá flaco!
- Quizá ...
- ¡Se habría llevado todo! ¿Si no?
- En dos días o en dos años. Sí, puede volver.
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Jorge B. Hoyos Ty. -----
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